La política: el arte de gobernar o el arte robar

Un planteamiento social que no está alejado de la realidad es que la política, es una de las prácticas más obscenas y corruptas, causante de diversos problemas que afectan la calidad de vida de los ciudadanos; y, por ende, del desarrollo y del progreso nacional.

El término política en sus distintos significados, refiere a que es una actividad de quienes procuran obtener el poder, retenerlo o ejercitarlo con vistas a un fin vinculado al bienestar general o a los intereses de grupos sociales diferenciados. También se matiza que es un arte, una doctrina y una ciencia que se ocupa de la actividad administrativa de los Estados; esto es, el gobierno, con la finalidad de resolver los problemas que plantea la convivencia colectiva garantizando resultados provechosos en la sociedad.

Por otro lado, la política es una actividad que se halla en casi todos los ámbitos de la vida humana: en el Estado, en las empresas, en las iglesias, escuelas, sindicatos, asociaciones y en cualquier otra forma de organización social; por lo que resulta muy difícil apartarse de ella, ya que esta tiene relación y alcances inmediatos con el sujeto social: El individuo, el ciudadano.

Para los fines de este artículo, delimito la comprensión del concepto “política” como las dinámicas y acciones vinculadas propiamente a la búsqueda y ejercicio del poder estatal, actividad que en el contexto guatemalteco ha sido degenerada, en primer lugar, por tantos actores opacos y cuestionables que en ella han intervenido; y segundo, por el desinterés social que considera irrelevante la participación política, por la fragmentación sectarista, así como del factor racista que excluye e instrumentaliza a los sectores vulnerables como las comunidades indígenas, campesinas y las clases sociales media y baja.

Tanto la opacidad, la demagogia, la apatía, el sectarismo, la exclusión y la instrumentalización del individuo han contribuido a que la política y sus nobles fines, se haya convertido hoy en politiquería: una práctica despreciable saturada de deshonestidad con la finalidad de satisfacer intereses personales o de grupos minoritarios que procuran privilegios en perjuicio de las mayorías.

El novelista español Miguel Delibes afirmaba que “para el que no tiene nada, la política es una tentación comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad”. Quizá por ello muchos tengan razón al decir que la política dejó de ser un noble quehacer cívico para transformarse en un negocio despreciable. Que dejó de atraer a los mejores para atraer a los vividores. Ahora se concibe la política como una fácil oportunidad de escala social y económica, como un ejercicio desvirtuado que persigue únicamente ambiciones particulares, como una matriz de corrupción en el que quien se anime a participar será absorbido en su momento por el nauseabundo sistema.

La politiquería, de la mano con la demagogia y el cinismo, han hecho que este hermoso país sea, en las mediciones locales y en la óptica internacional, uno de los países renombrados con los peores índices en cuanto a calidad de vida. La politiquería se ha encargado de debilitar y cooptar instituciones al servicio de grupos criminales. Ha hecho que millones de habitantes carezcan de servicios básicos de calidad. Ha provocado la migración de miles de connacionales que no encuentran las condiciones necesarias y suficientes para brindar una vida digna a sus familias. Ha provocado muertes, dolor, precariedades, desesperanza, inestabilidad, crisis y conflicto social.

La política dista de ser el arte de gobernar. Se observa más bien como un mecanismo y una estrategia para robar, derrochar y repartir los recursos del Estado en la vía de la inmoral legalidad.

Los próximos políticos deben asumir el compromiso de hacer que la política sea vista como el remedio para los males del país y no como su causa. La sociedad urge de líderes modelos, de servidores ejemplares, de ciudadanos honorables que dejen un legado plausible, histórico, trascendente y de provecho, tanto para las actuales generaciones como de las venideras.

El desafío de los próximos políticos se encuentra en reinventar la política y hacer que su ejercicio sea un honor y no un grosero señalamiento. En dejar de ser un astuto mercader de votos. En tener campañas y equipos propositivos y no grupos electoreros impregnados de demagogia. En sostener coherencia y no solo aparentar ética y honorabilidad. En dejar de vender o comprar puestos por compadrazgos. Más bien, en pensar, escribir y construir un proyecto factible que aporte favorablemente a la nación y en el que todos estemos incluidos.

Este artículo fue publicado originalmente en la columna de opinión: “Perspectiva Invertida” del medio digital: Noticias Chimaltenango

 

Fotografía tomada de www.abc.com.py

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